Estudios realizados por el Ministerio de Cultura de Italia que se enfocan en los diseños arquitectónicos y esculturas de la tumba de Julio II, un monumento sepulcral elaborado por Miguel Ángel en el siglo XVI, en el que se encuentra la famosa estatua de Moisés.  Cerca de cinco siglos después, un grupo de restauradores de la Superintendencia Especial de Roma, ha descubierto que el juego de luces tiene el objetivo de mostrar una interpretación de  escenografía y de mostrar espiritualidad al monumento del papa Julio II.

Para 1542, Miguel Ángel decidió cambiar la iconografía de la tumba, el cambio fue radical, pero sobre todo el modo en que el artista intervenía en el debate sangriento que existía para ese entonces entre luteranos y contrarreformistas.

En la última versión reformada por Miguel Ángel realizó las esculturas de la Fe, Moisés y la Caridad, con lo que aludió a un debate sobre la salvación. Cabe resaltar que los luteranos alegaban que somos salvados por la fe, mientras que los contrarreformistas aseguraban que se necesitaban obras o ceremonias para el acto de salvación. Por esto, Miguel Ángel adopta una tercera posición que hoy conocemos como mediación, en la que él muestra como objetivo que la caridad no es salvación, sino iluminar la verdad y la fe.

Durante la Pascua, una fiesta solar, es el momento en que a este monumento llega una luz que parece querer resaltar la interpretación de la caridad y así iluminar la profundidad de la fe. Cuando llega el atardecer, la tradición católica se une a la muerte de Cristo con los últimos rayos de sol atraviesan e iluminan la figura que representa la Caridad. La escultura se convierte en una lámpara que ilumina todo el monumento.

De acuerdo a la posición que adoptó el artista renacentista, se puede decir que la compresión de este monumento sucede en las tardes de la Pascua, que por medio de la inclinación del sol las obras se transforman en luz.

La luz que emana la estatua se encuentra descrita textualmente en un libro que realizaban los amigos de Miguel Ángel: "Porque las buenas obras son el fruto y el testimonio de la fe viva, y proceden de ella como la luz de la llama del fuego. Como la luz no puede separarse de la llama que arde por sí misma, las buenas obras no pueden separarse de la fe que se justifica por sí misma".

Los turistas que visitan Roma en el equinoccio de la primavera, sin duda tendrán una cita con el atardecer y la obra de Miguel Ángel, la cual en un inicio se iba a ubicar en la Basílica de San Pedro en el Vaticano y estaría formada por cerca de 40 esculturas.

Al final, solo se realizó con las siete esculturas que están en la actualidad, y aunque al final nunca se convirtió en la tumba del papa, es una de las grandes obras de este artista gracias a su realismo.

Estas imágenes son maravillosas y muestran la riqueza del patrimonio cultural de Italia que luego de varios siglos aún sorprende al mundo con nuevas e interesantes lecturas. Los estudios de la relación que hay entre la luz y el arte se enriquecen gracias a los textos de las obras de Miguel Ángel.