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Sábado, 06 Agosto 2016 11:46

Entre Brechas y Puentes

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Lluis Mesalles

 

 

 

 

 

 

Oí recientemente en un canal televisivo de ideología clara, la expresión: brecha social entre ricos y pobres. Esta falacia no puede sostenerse, por cuanto cuando nacemos, no recibimos el encargo de ser ricos o pobres.

 

Los ricos lo son a base de esfuerzo, habilidad y perseverancia. Hay mucha prensa malintencionada que sugiere que ser rico es malo, y que todos los ricos tienen algo pecaminoso que ocultar. En países más liberales, la riqueza producto del esfuerzo es lícita, y la prueba (y el premio) más evidente del éxito en la vida.

 

La pobreza es frecuentemente resultado de la ignorancia, de la abulia, y de la falta de interés. Conozco algunos casos de personas sin trabajo, siempre dependientes de ayudas y dádivas públicas, permanentemente en proceso de queja e indignación, pero incapaces de cruzar la calle para preguntar en alguno de los negocios o empresas existentes, si tienen algún trabajo en que ocuparse.

 

Si los políticos fueran sinceros, la pobreza sería una clase social a eliminar. Todos queremos ser ricos, o por lo menos sentirnos tranquilos con nuestra situación.

 

Pienso que la brecha más real es la brecha de la capacitación, de la educación, de la preparación. En la escuela nos pueden enseñar a vivir de la solidaridad pública, o nos pueden enseñar a vivir para el progreso público. No es lo que tu país puede hacer por ti, es lo que tú puedes hacer por tu país.

 

En el mundo actual, está creciendo la religión de la envidia, del egoísmo y de la falta de amor por el prójimo. Esto se debe ciertamente a una inyección ideológica epidémica en la que tenemos derecho a todo, sin aportar casi nada a cambio, solo lealtad a unas ideologías prefabricadas.

 

Envidias entre personas, que en lo personal se relacionan amablemente, pero que en el fondo de sus pensamientos sienten envidia de los éxitos de los demás. Solo piensan que tienen derecho a vivir la buena vida, sin obligaciones, y que todos los demás son sus enemigos. Especialmente los que tienen el corazón abierto, la mente abierta, y las puertas abiertas.

 

En esto el turismo tiene la obligación de esforzarse en consolidar su compromiso de sintonía entre los humanos, tendiendo puentes entre culturas, entre idiomas, entre religiones, y dando a todos la oportunidad de formarse para crecer, desarrollarse, y como no, hacerse ricos también.

 

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